Todavía en el mes de diciembre de 2013, y en plena campaña electoral, Luis Guillermo Solís no pasaba de ser un rostro desconocido, al que apenas muy vagamente se lograba identificar como candidato del partido “de Ottón Solís”. Por esos días, Johnny Araya se derrumbaba estrepitosamente en las encuestas, mientras el candidato de izquierda, José María Villalta, emergía sorpresivamente como una opción electoral viable.

Luis Guillermo Solís ante el desafío de una ciudadanía desapegada, voluble y fragmentada



Luis Guillermo Solís, presidente electo

Luis Guillermo Solís ante el desafío de una ciudadanía desapegada, voluble y fragmentada

Luis Paulino Vargas Solís

Todavía en el mes de diciembre de 2013, y en plena campaña electoral, Luis Guillermo Solís no pasaba de ser un rostro desconocido, al que apenas muy vagamente se lograba identificar como candidato del partido “de Ottón Solís”. Por esos días, Johnny Araya se derrumbaba estrepitosamente en las encuestas, mientras el candidato de izquierda, José María Villalta, emergía sorpresivamente como una opción electoral viable.

Fácil recordaremos que ello sacó de la tumba todos los espectros de la guerra fría, y dio pretexto para una campaña sucia –masiva y a gran escala- claramente orientada a la monstrificación del joven candidato y su partido. Sectores muy amplios de la población, que gradualmente se iban decantando a su favor, empezaron a titubear ante las terroríficas perspectivas que les pintaban.

El Partido Liberación (PLN) no fue el único actor detrás de esa campaña, aunque si uno de los principales, junto a medios comerciales de prensa, cámaras empresariales y alguna importante embajada extranjera. Se frenó así el avance de Villalta. Y mientras Araya y el PLN gastaban sus energías y enfocaban sus baterías en este último, Solís preparaba, con notable habilidad y sentido de oportunidad, su ascenso; hábilmente se les coló por la cocina.

Pero, en realidad, ése fue solamente un factor entre algunos otros. Sobre 
Dos de febrero: la fragmentación del escenario político
todo, creo que Solís logró captar dos procesos que se estaban manifestando –al modo de fuerzas en conflicto- alrededor de la candidatura de Villalta: un sector muy importante estaba claramente optando por un cambio, pero, al mismo tiempo, manifestando recelo hacia lo que pudiera percibirse –con justificación o sin ella- como amenazante. Lo primero marcó el sorpresivo ascenso de Villalta cuando todavía nadie parecía saber quién era ese señor Solís del PAC. Lo segundo, alimentado por la aparatosa campaña de monstrificación, lo frenó.

En ese contexto, me parece, Solís supo maniobrar de forma electoralmente certera. Ignoro si lo habrá hecho con plena conciencia y deliberación o si lo suyo fue más bien  labrado a puro olfato e intuición, en un ejercicio de prueba y error. El caso es que le dio buen resultado en las elecciones del 2 de febrero, y lo llevó a culminar con un éxito rutilante el balotaje del 6 de abril.

Lo interesante en todo esto tiene que ver especialmente con la forma como se movió el electorado costarricense durante estos meses. Es algo que intento representarme gráficamente como al modo de grandes masas en movimiento sobre una superficie acuosa; vienen y van en un proceso de acomodo de imponderable evolución. A veces se puede adivinar hacia donde se trasladan –ahí seguramente estuvo el secreto del triunfo electoral de Solís- pero usualmente ello resulta imposible.

Ello retrata la complejidad de la cultura política que se ha venido gestando en Costa Rica, dentro de un proceso que empezó a manifestarse con contornos relativamente claros a inicios del nuevo siglo. Sugiero caracterizarla con base en tres rasgos principales: desapego, volubilidad y fragmentación.

Desapego en cuanto el electorado tiende a ser reacio –y cada vez más- a desarrollar lealtades con ningún partido y con ningún liderazgo. La identificación emocional de por vida se convierte en un fenómeno minoritario en proceso de gradual extinción. Ahora prevalece una especie de juego de preferencias en movimiento: en distintos momentos se opta por una u otra posibilidad, bajo una lógica que se parece más a la del consumidor posmoderno, que a la del partidario tradicional, pero que básicamente refleja un juego complejo de identidades disgregadas e intereses en disputa.

La volubilidad está directamente relacionado con esto último: se busca lo que en cada momento se percibe como mejor para el país y para sí mismo y, en general, no se cree que esa aspiración pueda estar mejor representada por un partido o candidato o candidata particular, cuando, por otra parte, distintos sectores y distintos grupos identitarios fácilmente disienten en cuanto a la escogencia de a quién confiarse. Pero ello también significa que partidos y dirigencias se mueven sobre un territorio fangoso y resbaladizo; a priori, nada les garantiza que el apoyo que captaron hoy pueda seguir vigente mañana.

La dispersión del voto en la primera ronda
Todo lo anterior redunda, finalmente, en la fragmentación del espacio político-electoral, puesto que esas masas desapegadas y volubles no evolucionan al unísono, no siendo infrecuente que unas y otras se muevan en direcciones opuestas. A veces quizá coincidan (como momentáneamente ha ocurrido, bajo muy peculiares condiciones, en esta segunda ronda electoral), pero usualmente no es el caso, y de ello da testimonio elocuente la conformación de la Asamblea Legislativa; tanto la que pronto concluirá funciones, como la que tomará su relevo.

Esta ciudadanía costarricense, difusa e inestable en sus procesos de posicionamiento político, pareciera tomar sus decisiones a partir de una mezcla de reflexiones racionales con emociones de diversa naturaleza. En el castigo inclemente que se le aplicó al PLN en la segunda ronda hay seguramente algo de todo eso. De un lado, la clara compresión de que el rumbo del país es peligroso y que, como opción de gobierno, el PLN ha dado pruebas sobradas de corrupción, prepotencia, altanería, descuido e ineptitud. De otro parte, un sentimiento de indignación que es, también, una aspiración, esencialmente emocional más que ideológica, por una Costa Rica igualitaria, justa y democrática.

Quiero decir que, a mi parecer, sigue existiendo una noción básica de lo colectivo alrededor de ciertas aspiraciones fundamentales, que en parte se expresan racionalmente y en parte son emoción pura. Esas nociones y aspiraciones colectivas fundamentales siguen siendo el único cemento de calidad realmente significativa, que previene la deriva definitiva de las masas ciudadanas. Son las últimas conexiones que mantienen vivos los últimos resabios de viabilidad de la sociedad costarricense, y de Costa Rica misma en cuanto que país y Estado nación.
Brutal castigo al PLN en el balotaje

Es como si ello demarcase los límites del estanque sobre cuyas aguas se mueven, yendo y viniendo, esos islotes de una ciudadanía fragmentada y veleidosa. De otra forma, éstos simplemente se desbordarían. Es un básico espíritu de lo colectivo que previene la disgregación total, pero que no impide la fragmentación de identidades y el flujo oscilante de las preferencias y opciones políticas.

De ser esto correcto, se haría inevitable la siguiente conclusión: el 78% con que Luis Guillermo Solís fue electo en segunda ronda, no ofrece ninguna base sólida a la cual confiarse. Lo único que puede decirse es que las miradas están puestas sobre él y que las expectativas son elevadísimas. Pero, por ello mismo, el castigo podría ser mucho más severo si no se logra cumplir satisfactoriamente con lo que se espera.

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