martes, 13 de noviembre de 2012

¿Einstein era ateo?


Por: Adolfo Miranda Sáenz

El genio más grande del siglo XX y uno de los mejores científicos de la humanidad, Albert Einstein (1879-1955), fue judío educado como tal y familiarizado con el Dios del Antiguo Testamento; una concepción imperfecta pues Dios se reveló totalmente hasta después, en Jesucristo. Aquella concepción judaica de Dios, Einstein la rechazó.

En el desarrollo de la teoría de la relatividad, Einstein llegó a la conclusión de que el universo tenía un principio. No le gustó la idea de un principio, porque él pensó que se tendría que concluir que el universo fue creado por Dios. Para intentar deshacerse del principio añadió una constante cosmológica a la ecuación. Después reconoció que fue uno de los peores errores de su vida pues los estudios de Edwin Hubble confirmaron que el universo tuvo un principio en algún punto en el pasado. Einstein reconoció a un Dios creador, pero nada más: “Yo creo en el Dios de Spinoza —escribió— que se revela en la armonía ordenada de lo que existe, no en el Dios que se involucra él mismo con los destinos y acciones de los seres humanos”. Sin embargo no era ateo y se quejó de haber sido considerado como tal: “En vista de tal armonía en el cosmos que yo, con mi mente humana limitada, soy capaz de reconocer, hay aún gente que dice que no hay ningún Dios. Pero lo que realmente me molesta es que ellos me citan para apoyar tales opiniones”.

Einstein no podía conciliar la idea de un Dios que diseñó el orden maravilloso del cosmos con un Dios que permitía el mal y el sufrimiento. Reconoció solo a un Dios creador que no interviene posteriormente en su creación. No comprendió el elemento de “la libertad” otorgada por Dios al hombre para elegir amarlo o rechazarlo haciendo el bien o el mal. Según el cristianismo, el pecado trae la ruptura con Dios y origina el sufrimiento, por lo que Dios, por amor, interviene en la historia humana haciéndose hombre (encarnación) para reparar el daño del pecado (redención) y dar al hombre la opción de vivir para siempre en un universo perfecto física y moralmente donde no existe maldad ni sufrimiento.

No sería posible tener esa opción si ahora todas las opciones morales fueran restringidas a solo buenas opciones por no existir “libertad” de elegir. Einstein no logró entender que uno no podría elegir entre lo bueno y lo malo si esa libertad no existiera. Su mente brillante formada en el judaísmo no logró reconocer en Jesucristo la única respuesta a sus interrogantes.

En estos días, aquellos que no logran entender la existencia del mal rechazan la existencia de Dios totalmente. Quizá debieran reconocer lo que Einstein entendió: que el asombroso diseño del universo exige la existencia de un Dios creador. Entonces, podrían explorar más allá del entendimiento defectuoso de Einstein sobre el mal y el sufrimiento, considerando la explicación cristiana revelada en Jesucristo.

El autor es abogado, periodista y escritor.

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